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El amargo adiós de un talismán
17/07/2008 16:58:54
La familia verde se ha roto por un lado de especial significado. James Posey abandona el barco de los Celtics camino de unos jóvenes Hornets. Gonzalo Vázquez sobrevuela el caso más allá de las leyes de oferta y demanda, más allá del tope salarial y del implacable mercado.
Desde la misma noche que los Celtics celebraron su mayor fiesta de las últimas dos décadas, invadía a una parte de los nostálgicos resucitados la incómoda sensación de que algún miembro de aquel compacto grupo, de aquella humana comunión que además de champán vino regada de lágrimas, no estaría al año siguiente. Que la familia perdería inevitablemente a uno de sus hijos.
Bien. Ese momento ha llegado. Boston pierde a James Posey, uno de esos soldados con los que acudir a cualquier batalla. Y muy en especial a la reválida. No es necesario explicar por qué la familia tenía que romperse por algún lado. Cuando el impuesto de lujo acecha urge recortar. Pero no por ello deja de apenar este repentino adiós cuando uno recuerda cómo los Celtics volvieron a reinar demasiado tiempo después. No tanto el cómo ni el porqué. Sino por quiénes.
Más allá del llamado 'Big Three' resulta difícil imaginar a un jugador de mayor apoyo, compromiso, solidez y rendimiento, dentro o fuera del equipo titular, que no fuera James Posey. El alero pequeño con el tercer mejor registro de rebotes defensivos de la pasada temporada volvió a multiplicarse llegados los meses de mayo y junio. Como si fuera una sombra recorrió exactamente los mismos kilómetros que LeBron James, redobló después su porcentaje en los libres por si había que acudir a la línea y verle en las Finales plantado con el balón más allá del anillo triple era saber que una de cada dos terminaría dentro. Parecía difícil que Posey, un jugador curiosamente denostado por estos lares pocos años atrás, fuera capaz de mejorar las prestaciones con las que Miami consumó el milagro del campeonato hace ahora dos años. Sin embargo ver a Posey de verde era quedar prendado por su asombrosa regularidad en todo aquello que suma y suma y sigue sumando y desgastando al rival hasta agotarlo. Un perro de presa es menos fiel que James Posey.
Parece mentira que todo aquel valor era, en realidad, incluso menor al que parecía encerrar en el vestuario. En el caso de Boston, un templo de amistad compartida. Con cierta generosidad remonta su caso, su rápido adiós, a que los Spurs se hubieran deshecho en mitad del camino de Bruce Bowen. Y sólo el dinero podría hacer imaginar que Posey lo ha llevado algo mejor que Mahorn hace ahora casi veinte años.
De cuántos equipos campeones contaron con este tipo de sagrados engranajes ha perdido ya el Baloncesto la cuenta. Y sin embargo el Baloncesto no suele ser muy grato con ellos. Incluso empieza a ser ya de repeler la trillada expresión, muy unida a tipos como él, de 'trabajo sucio'. De Rambis a Rodman, de Bowen a Posey, son ya demasiados ejemplos de sanguínea profesionalidad que más que de trabajo sucio hablan de trabajo bien hecho; tal vez el más limpio y elevado de todos, el del 'esclavo táctico', un extraño perfil que suele además intervenir en el palmarés de la historia como talismán.
Cuando un jugador fracasa el mercado acude a su amparo. El mercado guarda entonces su lógica. Incluso un amable sentido de segunda oportunidad. Cuando ocurre todo lo contrario el mercado y el deporte rompen su principio emocional. La justicia en el deporte suele encontrar nido en el marcador, rara vez en el alma del deportista y de casualidad en el aficionado.
El legado de Posey ha vuelto a recuperar esa vieja lección.
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